El retrato

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José era un hombre muy callado, su pasión era observar todo en silencio, y después pasar horas y hasta días pintando lo que veía. 
En el pequeño poblado, era admirado por lo que pintaba, siempre veía cosas imperceptibles para la mayoría, y eso causaba mucho asombro, porque esos pequeños detalles y la calidad de su pincel dejaban plasmado en los lienzos imágenes que dejaban a las personas encantadas en silencio admirando la energía de sus obras. 
José empezó a pintar retratos de muchas personas. Los iba a visitar, no llevaba nada, solo los veía detenidamente, causaba nerviosismo la profundidad de su mirada. Lo más intenso era cuando miraba a los ojos de sus modelos, parecía que traspasaba por ellos, y miraba el interior. 
Así sin nada más se iba, y durante días se le veía poco. Cuando finalmente terminaba, entregaba sus obras a sus clientes en el jardín del pueblo. Se divertía viendo como las personas se asombraban viendo la semi perfección de sus retratos. Los modelos al verse reflejados en el lienzo del artista, buscaban sentarse, como si presintieran su caída, y no dejaban de ver con perplejidad detalles que ni ellos notaban de sus facciones; pero lo más impresionante era que siempre, dibujaba alguna figura en el corazón, y algo en las manos, y era algo que nadie había platicado a José, pero que tenían una fuerte relación en la existencia de las personas. El carnicero del pueblo, al ver su retrato, dijo haber sentido como si se hubiese visto a sí mismo desnudo, se cubrió la boca abierta con la mano, mientras dejó que brotaran las lagrimas sin siquiera limpiárselas. 
La calidad de sus obras, definía hasta las venas de los ojos, el tono blanquecino de cada quien era exactamente el mismo. Así, José se hizo de mucha fama y prestigio en toda la región. Algunos clientes, pedían al artista no exhibir sus retratos en el jardín, ellos personalmente los recogían en el estudio del pintor, estudio habilitado en su casa, desde donde se podía ver y escuchar la fuente y el sonido del agua que relajaba el ambiente. 
La señora de Lorca, una mujer en los 50’s muy elegante, además de hermosa, que fácilmente podía despertar la envidia de cualquier jovencita, invitó al artista a su hacienda para solicitarle un retrato. Jose aceptó la invitación. Mientras degustaban las generosas viandas que adornaban la rectangular y larga mesa del lujoso comedor de la Señora, ella trató de impresionar a José, simulando como que casualmente iban niños a pedir ayuda, y ella delante del pintor, daba monedas a los pobres inocentes desvalidos. 
Después de haber disfrutado los alimentos, pasaron a una sala de la hacienda donde especialmente se tomaba el té. Ella solicitó la fecha para ir a modelar a José para su retrato, ya hasta tenía lista una pared para la obra. José dijo que no sería necesario, que tan solo con esa visita bastaba para él poder realizar la pintura. Se despidió, prometiéndole informar cuando estaría listo su retrato. 
Durante el día de la estancia del pintor en su hacienda, la señora de Lorca, pudo comprobar todas esas cosas que decían del pintor. Se dio cuenta de lo observador que era, y ella había quedado cautivada por esa mirada penetrante del artista, que traspasó sus ojos y se metió tan dentro de ella, que hasta le costaba trabajo respirar de la emoción y de una sensación que le causó cierto placer, ya que José quien tendría unos 45 años, era un hombre bien parecido, y no le había sido indiferente. 
José tardo un par de meses en terminar la obra de la Señora de Lorca, quien estaba impaciente esperando noticias del pintor. Por fin, José mando un propio a informar a la señora que la obra estaba lista, y también le mandaba preguntar si quería recoger el retrato en su estudio o en una exhibición que haría en el jardín, donde entregaría dos retratos más. La señora Lorca, segura de su belleza, de su elegancia, de su amabilidad, atenciones y de la buena impresión que habría causado en el artista, prefirió la exhibición en el jardín del pueblo, donde presumiría con las personas de ahí y sus invitados que la acompañarían, su retrato hecho por el pintor del momento. 
Finalmente llego el día domingo, donde la concurrencia de las personas en el jardín, lo pintaba de un contrastaste colorido que lo hacía hermoso. 
Obviamente la señora de Lorca y sus invitados, hacían la diferencia en elegancia. Sus vistosos vestidos, anchos sombreros y refinadas fragancias, eran la sensación.
Por fin, José que a petición de la señora de Lorca, inició develando los primeros dos retratos para dejar por último el de ella, la señora decía que quería disfrutar hasta el último minuto su exposición y su presencia. 
La primer obra era de una señora que tenía una posada, donde ya casi no había cuartos de renta, porque ella había adoptado a muchas personas que no tenían hogar. Ella, la señora Esther, era regordeta, ya en los 60’s; su cara redonda dejaba ver unas rosadas mejillas, le faltaban un par de dientes pero su sonrisa era hermosa, su mirada destellaba una bondad que erizaba la piel, en su corazón, José dibujo unos leños ardiendo, y en sus manos las sombras de los rostros de los viajeros agradecidos y de los inquilinos de doña Esther, arriba un cielo azul, y un enorme y frondoso árbol, como los que había en la región, pero ninguno tan majestuoso. Doña Esther lloraba y se echaba aire con su mandil en su encendido rostro, estaba emocionada. Decía ella, que no merecía tanto. 
El segundo retrato era de Agustin, un señor que parecía amargado y que hablaba poco. Tenía un escritorio público, y muchos estantes con libros que permitía leerlos en el jardín con la consigna de regresarlos, y por eso no cobraba nada. Don Agustín no pidió el retrato, José se lo quizo obsequiar. Su rostro no podía ser más exacto, su mirada a través de los anteojos era de bondad, una bondad difícil de comprender, pero que se siente y los que ahí estaban así lo notaron. Detrás de él se veía una gran luz, de verdad que el trabajo de José en ese retrato era excelente, pues esa luz que había pintado, parecía que encandilaba. En sus manos sostenía muchas llaves, de todo tipo, como si las ofreciera a quien quisiera abrir alguna puerta. En su corazón había dos manos sosteniéndose entre sí, dos manos de alguien que está pensando. 
Don Agustín se emociono, pero no lo demostraba, en su retrato su rostro era más emotivo; él no decía nada, se sobaba las manos nervioso, pero no dejaba de ver su retrato, despegaba la boca sin darse cuenta, y de reojo volteaba a ver a José, quien como siempre observaba todo con mucha calma, sentado, con la pierna cruzada y una varita en la boca. 
Llego el turno de la señora de Lorca, quien agitaba nerviosa su abanico español de madera rosada y papel pintado con flores a mano por artistas de Valencia. 
José camino lentamente, tomó la manta y antes de jalarla para dejar al descubierto el retrato de la señora, le miró fijamente a los ojos, ella entendió la pregunta y asintió. 
La primera impresión al ver el rostro del retrato, fue la impresa belleza del rostro de la Señora Lorca, sus grandes y hermosos ojos lucían, ella sonrió nerviosa y expiró profundamente sin dejar de agitar su abanico, sudaba… Pero mientras fijaba más su mirada, empezó a notar algunos rasgos que no le agradaban, las venas de sus ojos estaban inyectadas de sangre, como cuando se encuentra en estado de exitación, su vestido se encontraba recogido hasta arriba de las rodillas, sus piernas lucían hermosas, pero ligeramente abiertas, y una de sus manos luchaba por sostener el vestido, como si una fuerza lo quisiera levantar. En la otra mano, en sus elegantes uñas perfectamente decoradas, lucían pedazos de la ropa de los niños que fueron a pedirle dinero frente al pintor. Sus joyas lucían enmohecidas, y en una esmeralda que pendía de su arete, se notaba el rojizo color de la sangre. Detrás de ella, se veía un enorme granero, lleno de los granos que se producían en la región, pero si observabas bien, por debajo se notaba infestado de roedores. Había poca luz en el lienzo, más bien el pintor había hecho alarde de su destreza para manejar las sombras, tan bien como lo hacía con la luz. La señora Lorca se acercó aún más y pudo ver en el reflejo de su mirada, en la pupila, la silueta de un hombre joven desnudo… Así, se sintió ella en ese instante: ¡desnuda! ordenó tapar nuevamente la obra y que la llevaran a su lujoso carruaje. Busco a José con su mirada altiva y elegante, le hizo una seña con un guante de seda nacarado, el pintor se acercó con la calma que lo caracterizaba, ella le extendió un abultado sobre, él lo tomo, lo puso en la palma de su mano como si fuera una báscula, todo esto sin que ambos se perdieran la mirada. José fue el primero en voltear hasta donde estaba un niño humilde con sus hermanitos jugando con las palomas, le llamo, se hincó y le guardo el sobre en su ropita, le dijo algo al oído, lo beso en la mejilla, y el niño se fue feliz. La señora Lorca no había perdido el mínimo detalle de lo sucedido, miraba a José con desprecio, le temblaban los labios, por fin le dijo a José que ese retrato no era ella. 
José, se dio la vuelta cruzo los brazos por detrás y alejándose caminando, le contesto: ¡por fuera! 

Mexicanos al limite, señor Secretario Miguel Ángel Osorio Chong. 


Los que hemos sido tolerantes hasta excesos criticables, (así lo dijo Díaz Ordaz como preludio de un sanguinario ataque ordenado por él, contra los estudiantes universitarios en 1968; por falta de imaginación y criterio propio, lo émulo hace unos días el chaval Manuel Velasco gobernador de Chiapas refiriéndose a la protesta, y manifestación del movimiento magisterial) hemos sido los mexicanos. 
Dijo usted, secretario de gobernación Osorio Chong: “Tenemos un mandato de regresar a la normalidad y estamos abriendo los espacios; no se ha cancelado el diálogo, pero sí lo digo con toda claridad, tenemos que dejar, generar las condiciones, si no se dan éstas por la vía del diálogo, entonces tenemos que actuar porque no pueden seguir así las cosas, las condiciones como ahora están” 
¿Qué es la normalidad para el gobierno? 
¿A caso no sabe usted secretario de gobierno, que en Tamaulipas no hay libre tránsito, debido al crimen organizado? 
¿Tampoco sabe cuántas escuelas han cerrado sus puertas debido a la imparable inseguridad en varias regiones del país dominadas también por el crimen organizado? 
¿Ignora también la millonaria cifra de pérdidas ante el abandono de poblaciones enteras debido al éxodo de miles de ciudadanos que huyeron despavoridos, y que estaban en total indefensión también a causa del crimen organizado? 
¿Qué pasa cuando se obstruye el libre tránsito por filas interminables, donde permanecen hasta 10 horas o más varados los transportistas a causa de los puntos de revisión de SEDENA y SAT? ¿Ahí no aplica el derecho a la movilidad? 
¿Por qué no implementan esos aparatosos despliegues de la fuerza pública en las carreteras de Tamaulipas, por ejemplo, para restablecer el libre tránsito, el derecho a la movilidad y el estado de derecho del que tanto alardean? 
¿Por qué acosar y reprimir a la sociedad y al magisterio con todo el rigor del estado y no lo hacen así para garantizar la seguridad y la paz social tan anhelada por todos los mexicanos y que ustedes son incapaces de garantizar, porque no cumplen con sus obligaciones? 
¿Por qué no hacen cumplir la ley, se investiga a fondo y minuciosamente a todo político y funcionario que se haya enriquecido de manera inexplicable durante el ejercicio del servicio público? 
¿Por qué no eliminan el fuero? 
¿Por qué no se evalúan los políticos y funcionarios públicos y además se les paga dependiendo sus aptitudes y los resultados de sus gestiones? 
Por cierto ¿otro gasolinazo? 
Somos la sociedad mexicana, la que está al límite, se está agotando el tiempo, no tenemos ya más tolerancia a la burla y el engaño. Ustedes nos han ido acorralando; a mayor esfuerzo, menos bienestar; cada día más impuestos; cada sexenio empeora la situación del país en general. 
No vemos a los responsables de la pésima administración de las paraestatales tras las rejas. ¿A caso esa era la consigna: su colapso para poder venderlas? 
Usted secretario de gobernación dice que tienen un mandato ¿de quién? ¿A quién obedecen tan dócilmente? 
No creo que usted ignore el artículo 39 constitucional, ¡hágalo valer! Esa es una ley que emana de nuestra constitución, y que por fortuna no ha sido reformada en perjuicio de la sociedad mexicana. Si quieren hacer cumplir la ley, en nombre de millones de mexicanos les pedimos empezar respetando la voluntad del pueblo, ese es un derecho y el deber de ustedes es garantizarlo. 

Los hombres del campo


Si algo me asombra en la vida, es la sabiduría y la sencillez del hombre de campo, el agricultor, el ganadero… Sin mayor pretensión que la de ser productivo, aprenden de las silenciosas pero impecables lecciones que les da la madre naturaleza. 
Con solo tocar la tierra los agricultores saben lo que necesita y que es lo que puede dar. Al levantar la mirada, el cielo les dice con asombrosa precisión, si viene agua, aire, y hasta la temperatura. 

Lo que se aprende en el campo, lo que sabe el agricultor, no se adquiere ni en la más prestigiosa universidad agrónoma. He conocido ingenieros que tienen como asesores a agricultores que en muchas ocasiones no terminaron la primaria siquiera. 
El ganadero también adquiere conocimientos que hasta podrían parecer chamianicos. Algunos con tan solo ver la res, te dicen con pasmosa exactitud el peso del animal, fallara la báscula, ellos no. Los animales reconocen a quien sabe, hay una energía, una especie de telepatía entre ellos. La ventean, dicen. 
Quién es alumno de la naturaleza y se gradúa en el campo y con los animales, tiene más que una maestría, sus conocimientos superan cualquier teoría escrita. 

  

Las más profundas metáforas que Jesús utilizo para dejarnos su poderoso mensaje de amor, estaban basadas en el campo; el maestro sabia, que quien aprendía así, seguramente alcanzaría la sabiduría y el despertar de su conciencia. 
Si desarrolláramos esa capacidad observadora de esos sencillos hombres de campo, les aseguro viviéramos en un mundo mejor, más justo. 
Es muy difícil encontrar en el ruidoso y superficial mundo cosmopolita, una mirada tan profunda y sincera como la que tiene un hombre de campo. 
Me he puesto a observar y fije la mirada en los sencillos, humildes y sabios hombres de campo. 
¡Tanto que aprender! 

Dos mujeres sin nombre, ni hombre.

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Ella era feliz, cuando menos eso aparentaba… con su mochila al hombro, deteniéndola con ambas manos, y no por ser pesada, le gustaba afianzarse así a sus cosas. 
Caderas pronunciadas, breve cintura, senos de regular tamaño, piernas torneadas que la llevaban a donde ella quería, y de verdad era adonde ella quería, sus lugares no eran los establecidos. Sus caireles de un pelo chino crespo, se movían al candente ritmo de su apresurado andar. 
¿Algún piropo? Eran varios, de su trabajo a la avenida eran tres largas cuadras que tenía que recorrer para tomar el autobús que la acercaría a casa. 
No le importaba lo que los hombres, en ocaciones hasta profirieran… Su mente y su corazón, estaban en otro lado, más allá del ensordecedor ruido de la ciudad. Pensaba si la llamada había dejado en su compañera la misma sensación de: “no quiero dejar de oírte”. ¿Los correos, el chat, la foto el comentario en la red social..? ¿Significarían algo para ella? ¿Cómo tomaría una insinuación de ella? La moral en aquel lugar distante no tiene más que prejuicios, pensaba esto y se preocupaba ¿cómo decirle a una mujer, que soy otra mujer que me estremezco con su voz, con sus mensajes, viendo sus fotos? 
Eso era lo que ella llevaba en mente, y los acosos, piropos, miradas, y falsas atenciones aderezadas de una perceptible lujuria, pasaban desapercibidas. 
Así fue, hasta que venció el miedo y su timidez, tuvo más valor que complejos para decirle a esa compañera suya, que era ya su mejor amiga, que su corazón latía más allá de lo común por ella, más allá de lo común… Ciertamente lo hizo con el temor de verse rechazada, incluso mal juzgada; era un sentimiento que no podía ya ocultar y que se derramaba hasta en el más mínimo detalle… —Tengo que decirle, tiene que saberlo, me es imposible ocultarlo — y le declaró ese sentimiento, de tal manera que fue más allá de un arrebato de confianza, fue una declaración, cierto, pero fue de amor. 

Sin tocarla físicamente había logrado transmitirle todo lo que por ella sentía; no era seducción, era algo más, y así con el alma abierta la cautivo… — ¿Pero? — fue lo que escucho antes de un: — sí, sí, te quiero, te quiero yo también, y no sabía cuánto hasta este preciso momento en que declaras lo que tú sientes; me sorprendo pero me gusta sentirme así, atrapada en la sorpresa y en el misterio, sé que esto es una aventura que se puede convertir en el destino de mi vida, yo estoy dispuesta a dejarme llevar por ti —.
Después de dos meses de continuar hablándose, escribiéndose y trabajando juntas a la distancia para la misma empresa, se encontraron en un aeropuerto húmedo y frío, pero la temperatura parecía perder su efecto en ellas, la sangre les hervía, querían mirarse, abrazarse y… besarse. 

Así fue como la recibió, así fue como empezaron, así fue como más allá de los estrógenos y progestágenos, de los que ella carecía, pues había sido víctima de una severa endometriosis que la había dejado sin ovarios, la abrazo, la beso, la tomó de ambas manos, después de mirarse cada una en los ojos de la otra profundamente, que empezaron una nueva vida. 
Después de un encuentro así, con la plena confianza y seguridad de lo que ellas eran, más allá de tabúes y prejuicios, lo que vino después, lo que enfrentaron, solo fue cuestión de no soltarse de la mano, de amarse y de continuar confiando una de la otra. 
Se tenían, y eso era lo único que necesitaban, esa era su verdadera fe. 

¿Festejar o reflexionar la batalla de Puebla? 


La batalla de Puebla, debe de ser motivo para sentirnos orgullosos de aquellos valientes compatriotas mexicanos, pero sobre todo para reflexionar nuestra actualidad. 
A pesar de tener dentro de nuestra nación a enemigos que apoyaban la invasión francesa (el Partido conservador, equivalente al nefasto PAN de hoy) valientes, aguerridos y orgullosos mexicanos aquel 5 de mayo de 1862, cubrieron de gloria a nuestra patria. 
Aquello fue el brillo más resplandeciente de una soberanía que se defendía con honor. 
Los militares mexicanos no atacaron a sus compatriotas en favor del extranjero a pesar de tener fuerzas políticas adversas que osaban con traicionar a su propia nación. 
Debemos de tener memoria, sin ella, la dignidad son solo ocho letras que no dicen nada. 
En aquel entonces teníamos a Benito Juárez, un presidente patriota y reformador en favor de los mexicanos; sus negociaciones eran para el bien común de nuestra nación. 
¡Cómo cambia el tiempo! 
Ahora, no sólo hay un partido político que gesta desde el corazón de nuestra patria en favor de los extranjeros como hace 154 años; ahora hay todo un sistema político que es parte de la maquinaria imperial que nos arrebata lo que les viene en gana, repartiendo migajas a “nuestros representantes” y estos a su vez dejando muerte y miseria a su paso por los puestos de elección popular, emanados de una falsa democracia. 
Ya no hay aquel glorioso ejército mexicano; ya no hay Generales como Ignacio Zaragoza que vivían con honor, dignidad y patriotismo. Que padecían en carne propia el discurso, no sólo lo pronunciaban, defendiendo así la soberanía de un México orgulloso, un gran país. 
¿En qué momento nos convertimos en despojos retrógradas, decadentes, ignorantes y mediocres? 
Ahora, el ejército se vuelve en contra del pueblo al que debiera defender. 
Aquellas palabras escritas a Napoleón III por parte de quien encabezaba la invasión: el conde de Lorencez, parece que las dijo hoy: 
“Somos tan superiores a los mexicanos en organización, disciplina, raza, moral y refinamiento de sensibilidades, que le ruego anunciarle a Su Majestad Imperial, Napoleón III, que a partir de este momento y al mando de nuestros 6,000 valientes soldados, ya soy dueño de México”
¡Qué lamentable! 

El tiempo de Sergio Romano 


Las redes sociales y los medios de comunicación, tienen que aprender a convivir. 
En este caso, se desprenden dos aristas que no se pueden pasar por alto para formar un juicio objetivo e imparcial. 
Por una parte, la famosa maestra Clarissa de Ciudad Obregon, Sonora, durante sus vacaciones en Los Cabos, Baja California, Sur, decidió estando en la playa competir en un concurso de baile sensual que tenía una bolsa de 260 dólares como premio al primer lugar, ella lo gano. El divertido evento quedó grabado, y esa evidencia dejo sin empleo a Clarissa, la maestra que daba clases en el Instituto Cumbre del Noroeste. La presión social y los padres de familia de los alumnos del mencionado colegio, obligaron a los directivos a exigir su renuncia.
En mi opinión, la maestra no está cometiendo ninguna falta; ella no está faltando el respeto a nadie, es simplemente: su vida privada; es un evento público, donde por esparcimiento para amenizar la época de los “spring break” se efectuó un certamen. 
Las redes sociales, son plataformas digitales que permiten por medio de internet dar difusión a la opinión de los ciudadanos, pero no son jueces, ni la opinión de la mayoría se tiene que tomar como un veredicto, aunque sean miles los que coincidan en un criterio. 
Puedo asegurar, que más de un padre de familia de ese prestigiado colegio, no obtienen sus ingresos de manera muy honesta. También es muy probable que muchos padres de familia hayan asistido a un table dance, o que alguna madre de familia haya presenciado una despedida de soltera donde la variedad sea un show de stripers, y posiblemente hasta ¡hayan bailado! ¿Eso los hace personas inmorales y no gratas? ¡Qué inquisidores! 
La sociedad es muy ambigua, por no decir hipócrita.

Los juicios más injustos, son por parte de personas de doble moral.  
Por el otro lado está un comunicador, un informador profesional que vive de los medios de comunicación, que se debe a un público que lo ha hecho ser protagonista de la información durante muchas décadas, me refiero a Sergio Romano Muñoz y Sandoval. 
Con respecto al escandaloso caso de la maestra Clarissa, (que insisto, en mi opinión personal no tenía por qué serlo), Sergio Romano se pronunció al aire, en la pantalla de miles de televidentes con un: “yo la mando matar”. 
No, no quiero participar en un linchamiento, tampoco fui yo quién aventó la primer piedra, ni quiero hacer leña de un frondoso y legendario árbol caído. Pero esa declaración no fue un gazapo que con un: “usted disculpe” quede como si nada. Es algo más grave. 
Precisamente por su gran trayectoria como comunicador, Sergio Romano debería saber que en México, siete mujeres pierden la vida de manera violenta diariamente. Debería de saber que hay regiones muy lastimadas donde las mujeres asesinadas o desaparecidas se convierten en simples estadísticas, y eso duele mucho. No debería ignorar que incluso aquí en la capital sonorense hay una alerta de género por la violencia en contra de la mujer. ¿A caso para Sergio Romano la trágica violencia y la imperante criminalidad no lo hace estar consciente de lo que dice? Él debe de saber que de tras de un: “yo la mando matar”, hay un sinnúmero de víctimas mortales en nuestro país, donde la afirmación sí se consuma. 
No, no fue un simple error. Tampoco es justificación decir que se dejó llevar por la efervescencia de las redes sociales sobre el tema de la maestra Clarissa; es más, esa excusa me parece pueril. 
Quizás sea el hartazgo de tanto tiempo al frente de los noticiarios; quizás sea el desgaste, la fricción de tantas opiniones; quizás sea el momento de darle la oportunidad a nuevos talentos; quizás ahora le toque a él dirigir y transmitir desde la oficina a nuevos comunicadores su experiencia. Eso es más valido. 
En la actualidad hay que ser más tolerante en los medios; se acabo el tiempo en que los únicos que tenían derecho a informar, dar su opinión y hacer análisis eran los periodistas, que muchas veces sesgaban la verdadera misión de la profesión y que es la imparcialidad. Ahora es una nueva era: la de las redes sociales. Hay que saberlas manejar, hay que convivir en armonía con ellas, hay que ser tolerantes, amigables, y estar por encima de cualquier provocación, porque todos en las redes sociales pueden opinar, pero los profesionales son los periodistas, y ese hecho, no sólo se debe de suponer, hay que ponerlo en práctica. 
Esta es otra época. 
Quizás es hora de capitalizar un error así, y retirarse del frente de batalla informativo, quizás sea el momento oportuno para hacerlo… con dignidad. 

 

¿Viviendo con culpas ajenas? 


Reflexión… 
Los testigos de Jehová, clarifican muy bien con su ejemplo lo que quiero decirles: Llegan a tu casa, no les importa lo que estés haciendo, les vale madre, pues ellos se sienten representantes de Dios, y no hay nada más importante, nada. Luego te atacan con preguntas que ellos esperan les contestes exactamente como lo dice la Biblia, y si no lo haces, señalan el versículo, y te lo leen. Si te disculpas amablemente para que te dejen en paz, insisten, no te sueltan; pero si te pones firme, y antes de mandarlos a la chingada definitivamente, les dices adiós, se te van a la yugular con la pregunta ¿le estás cerrando las puertas de tu casa a Dios? Y lo que hacen presintiendo que estás por dar el portazo, es clavarte el aguijón de la culpa, que después de haberse ido, extenderá su veneno: la duda, y te harás la pregunta: ¿soy un hijo de la chingada?, ¿hice bien? ¿A caso no tengo conciencia? 
No solo los testigos de Jehová, todas las religiones, las familias y la mayoría de las personas desde distintos ámbitos, si no te pueden convencer, te hacen sentir culpable, te hacen daño. 
¿Por qué te expulsan de de un clan familiar o de una religión? Te expulsan porque no soportan que pienses diferente; porque les resulta insoportable que no te dejes engañar; porque no pueden siquiera imaginar que tú puedas tener la razón.  
Pocas familias, viven en verdad esa bondad y esa armonía que aparentan. 
Si hay un pederasta en la familia, y tú lo señalas, estas atentando contra toda la familia, tú eres el culero. 
Tus tíos pudieron ser unos tiranos contigo, “así son, pero muy en el fondo te querían” eso está bien. Pero si tú eres indiferente con tus sobrinos, tú eres el culero. 
Tus hermanos te pueden ignorar y mandarte a la chingada un sinnúmero de veces, eso está bien. Pero con una vez que tú lo hagas, tú eres el culero. 
A ti te pudieron echar de tu casa con un patadón pintado en las nalgas, eso está bien. Pero si tú le llamas la atención fuerte a uno de tus hijos, tú eres el culero. 
Todo el mal que ellos te puedan hacer, tiene justificaciones que hasta parecen que vienen con salvoconducto divino. Todo lo justo que tú hagas, es una aberración. O sea, tú eres el culero. 
Si le mientas la madre a un cura pederasta, eres un sacrílego y te estás condenando en el fuego eterno del infierno. Si el cura abusa de un niño, es un ser humano que merece el perdón. Volvemos… el culero eres tú. 
¿Sabes de cuantas cosas eres culpable desde tu subconsciente porque así te lo han hecho creer sin que tú te des cuenta? Hay muchos botes de basura repletos, caminando por la calle con ¡un chingo de porquería de otras personas! 
Por eso yo no trato de convencer a nadie de nada, ni me aferro a que piensen exactamente como yo, o como lo dicte algún grupo, ni nada de eso. Yo apelo a mi libertad de expresarme, trato de provocar la reflexión, el pensamiento; busco despertar conciencias, que a su vez reflexionen, no que busquen un guía o un pastor. ¡No son borregos caray!
Por eso, a medida que evolucionas, te vas quedando con menos personas. 
Nacemos solos, hay sus excepciones, pero la regla es un parto individual. Pero lo que si va a suceder irremediablemente, es que a este mundo sí lo vas a dejar solo… te vas a ir tú solo. 
Con quien tienes que estar en verdadera armonía es contigo mismo, con quien tienes que estar en paz es contigo, nada más. 
¿Será necesario llegar hasta esa encrucijada final, para darte cuenta que la mayoría de culpas y complejos te los impusieron, y que así caminaste gran parte de tu vida? 
Hoy es tiempo.