Las alas de los hijos…


Me voy a meter a un tema escabroso, y muy posiblemente, no salga bien librado, pero esto lo leí por ahí:

“La gente es muy intolerante. Si escribes por complacer a todos, terminarás por sentirte solo, lejos de ti”

Me inspiro.

El único padre que conozco perfecto es Dios. De aquí quiero partir. Yo creo que si meditáramos más viendo la naturaleza, aprenderíamos en silencio cosas que ni con un millón de palabras nos podrían explicar, la naturaleza posee una sabiduría infinita, el hombre no.

Cuando he escuchado esto: “Quiero darle a mis hijos, lo que yo no tuve” Siempre es de gente responsable y trabajadora, entonces me pregunto: ¿qué es eso que no tuvieron? Si hubiesen carecido de algo elemental, ni siquiera serían autosuficientes. Pues de esas personas estables, responsables y trabajadores, la mayoría de las veces, provienen hijos que de lo que carecen, es precisamente de esas virtudes de sus padres.

¿Han visto como los pájaros enseñan a volar a sus polluelos? Me pase tardes enteras en mi infancia, viendo como las golondrinas que vivían en el balcón de mi habitación, empujaban a sus críos a volar. No era tarea fácil para las aves. En la casa, había varios nidos, así que podía comparar la habilidad de los padres para enseñar a los hijos; había padres sorprendentemente activos, y el primer día de la lección, sobrevolaban vigorosamente al rededor del nido, pero no llevaban ya alimento, entonces los críos, desesperados por el hambre, se quejaban y piaban con más fuerza, y hacían esfuerzos, se estiraban sin salir del nido, para alcanzar a sus padres para que les dieran alimentó, algunos críos los más osados, se paraban en la orilla del nido y abrían sus entumecidas alas simulando que volarían, a esos, los padres, les daban pequeñas porciones de comida. Al siguiente día, era la misma tarea, y no faltaba el crió valiente que se aventuraba a salir del nido, y que en diminutos vuelos, que eran tan sólo brincos, ejercitaban sus alas y su confianza.

Los animales, son inexpresivos a simple vista, pero si los observas bien, te sorprendes de como demuestran sus sentimientos. Entonces yo veía que con un vuelo alegre y acrobático, como si estuvieran jugando, los padres entusiasmados, incitaban a sus críos a seguirlos; había excelentes alumnos, los regulares, los malos y los que morían. Así es de inexorable es la naturaleza y su precisa selección. Mucho del éxito de los críos, provenía del esfuerzo y la firmeza de los padres.

En otros nidos, padres quizás inexpertos, daban de comer a los críos más tiempo de lo debido, y los polluelos, de pronto engordaban; muchos de ellos, se veían más grandes incluso que las estilizadas y atléticas golondrinas adultas. Cuando los polluelos, tarde, intentaban salir, era una tragedia, pues sus entumecidas y tiernas alas, no podían sostener el pesado cuerpo del crió. Si tenían suerte, y ante su primera intromisión al espacio aéreo, quedaban donde había sombra y fuera del alcance de los gatos y demás depredadores, al siguiente día, o muchas veces al tercer día, por fin volaban, haciendo un gran esfuerzo, innecesario diría yo si sus padres hubieran hecho lo preciso.

Ante esa bella experiencia que la naturaleza me obsequio con tan sólo la condición de observar, en mi silvestre mente y corazón de indio, se quedo una lección que jamás olvidaré.

Para los cultos y letrados, esto puede parecer una mala comparación, absurdo ejemplo y carente de toda base psicológica, y quizás si, pero en los espíritus líricos, se complace Dios por medio de la sabia naturaleza en enseñar a todas sus criaturas, y la única condición, es saber mirar con respeto y mucha atención.

Entonces veo, muchos jóvenes que ahora tienen a raudales lo que sus padres no tuvieron: lástima. Si, muchos padres ven con compasión a sus hijos, y es más el tiempo que se la pasan compadeciendo que enseñando, entonces los hijos aprenden poco. Lo que algunos padres hacen sin darse cuenta, y quizás perdidos en un egoísmo imperceptible para ellos que creen ilusamente que el amor es dar todo, es entumir las tiernas alas, que un día serán extremidades atrofiadas, que no les permitirán disfrutar de la vida, y de su libertad.

Al hijo que se la da todo, que se le soluciona todo, que se le compadece, y que nunca se le exige, se le está condenando a una prisión, pues no puede ser libre quién depende de todo y para todo de los padres, eso es antinatural.

Ya se, algunos pensarán que si, que el amor es darlo todo, y así es, no hay incongruencia, porque hasta para dar todo, hay su tiempo, y si lo das de un sólo golpe, lo único que causaras es daño. Un ejemplo: desayuna, come y cena al mismo tiempo. ¡Te puede dar una congestión! Mínimo una pinche diarrea de aquellas, ¿no?

Así qué hay que aprender de la naturaleza, con atención, respeto y agregaría un ingrediente nuevo e infalible: con humildad.

Mejor dale la oportunidad a tus hijos de que te respeten y admiren. No los hagas que te exijan y reprochen.

¿Han leído el hijo pródigo? Pues deberían; ahí Jesus nos da un bello ejemplo de amor, firmeza y perdón.

¿Cómo andan las alas de tus hijos?

Les deseo un feliz domingo.

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