Mujer infiel


Un día desperté, y sentí de pronto una extraña oquedad y busque en mi habitación a mis compañeras aquellas que habían estado a mi lado durante mi juventud… ¡Se habían ido!

La belleza, la sensualidad y aquella desenfrenada sexualidad que siempre estaban conmigo, no estaban más; se habían llevado consigo las adulaciones que alimentaban mi insaciable vanidad. ¡Llore desconsolada!

Escuche a la juventud decir: te equivocaste, nunca fui tuya, me miro con grima, esbozó una tenue sonrisa repulsa y se fue… Supe que ya no estaríamos juntas, sus pasos pausados y firmes, sonaban a un nunca jamás.

Sentí la imperante necesidad de un abrazo lleno de ternura, de comprensión, de amor; sentí la necesidad de un abrazo como esos que desprecie tantas veces, cuando prefería un abrazo cargado de lujuria, que encendiera mi deseo y mi sangre, que me hiciera vibrar, y sentir que tenía en el poder de la seducción, y con ello, el control de todo.

Sentí mi habitación oscura, busque una silla para dejar caer mi cuerpo, escuche el rechinar de la madera, lo escuche por primera vez, recargue mis codos sobre mis muslos, y mi rostro sobre mis manos, el cabello me cubrió mientras sollozaba, apretaba mis ojos cerrados, mientras llegaban recuerdos a mi mente…

¿Cuantas veces quise atrapar con las piernas lo que no fui capaz de sujetar con el corazón?
¡Lo que seduje con el cuerpo, se derritió en el calor de mis entrañas!
Nada se quedo dentro de mi, todo fue fugaz.
No fui capaz de cautivar los sentimientos de nadie, pero si su pasión.

Hasta a mis hijos los vi con desprecio, pues sus caritas me recordaban a quién un día trate con desprecio, y herí con una certera traición.

Ahora quería una caricia sincera, ahora deseaba que una mano varonil, sostuviera mi rostro por la barbilla, y me mirara con ternura.

Ahora quisiera tener de frente ese dedo acusador para atrapar su mano, y no soltarla, comérmela a besos…. para no quedarme sola.

Ya no había nadie a mi lado, sólo los recuerdos, esos que son como espinas, y que duelen, pero que llegan solos —¿cómo recordar detalles románticos, tiernos y sentimentales si eso fue lo que desdeñe?—.

Estoy sumida en una confusión, me llegan las perturbaciones, y eso me hace más vulnerable a la realidad, no se sí ocultarme hasta el ocaso de mis días en el alcohol, o perderme en los estimulantes, hasta perder la razón o la vida. No se sí continuar con la inercia de mi vida ligera, hasta perder la vergüenza cuando la ridiculez no sea más que mi única opción, y pierda todo el peso mi conciencia.

Me levanto, camino aprisa por mi habitación, acicalando con una mano mi cabello hacia atrás, y con otra secando las lágrimas, voy de un lado a otro y suspiró fuerte, busco mi fuerza interior, donde hubo una débil voluntad, y pienso como redimir todo el tiempo que me entregue concupiscencia.

¿Qué será lo más prudente? ¿Buscar la dignidad en la experiencia y convertirme en un testimonio?

No quisiera pasarme la vida, dándome golpes de pecho como para desprender el cochambre adherido a mi alma, y culpar a un mítico demonio que por recargar nuestros errores en el, nos ha hecho unos entes incapaces de ser mejores seres humanos.

Todo esto por ser infiel.

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