12.- La entrega 


  
Los viernes por la tarde, Corina iba a un rancho cerca, ahí tenía una tía en silla de ruedas, le surtía su despensa, le dejaba ropa limpia y se llevaba la sucia. Con la tía vivía el hermano mayor de Corina que criaba borregos de registro, pero ese día había ido a una exposición y llegaría hasta la noche. 
Horacio ese día después de la comida de día de campo, la acompaño y la esperaba afuera, Corina salió de la casa y le pidió que fueran a caminar; la tarde estaba nublada, parecía como si el romanticismo flotara en el ambiente. Caminaron por una Alameda de pirules y mezquites, hasta donde estaba una troje, se sentaron en la banca de madera. 
Corina llevaba una falda roja larga con encajes negros, y una blusa blanca brillante sin mangas, el ligero escote resultaba muy provocador, en la banca empezaron los besos, ella acariciaba los brazos de Horacio con frenesí, la pasión estaba desbordante y fueron las grandes gotas de lluvia las que los hicieron reaccionar, se metieron a la troje, los truenos del cielo era como el fondo musical de su aventura, la fuerte lluvia y las gotas de cristalinos colores los envolvió con su magia. 
Horacio continuo besándola de pie, y empezó a acariciar su espalda por debajo de la blusa; mientras tanto Corina desabrochaba la camisa de El, y le acariciaba el pecho. Las manos de Horacio levantaban la falda de Corina al mismo ritmo en que acariciaba esas hermosas piernas tersas, suaves, cada vez iba mas arriba, hasta llegar a la parte alta de los muslos, acaricio despacio su diminuta ropa interior… Ella se fue hacia atrás hasta quedar sentada en una paca de rastrojo, Horacio puso su camisa en las demás pacas, la recostó a besos, suavemente le desabrocho el sostén y le quito la blusa, los pechos de Corina blancos y duros tenían una aureola marrón, los pequeños pezones estaban erguidos, después de admirarla se lanzó a besarlos con ternura, con pasión, con deseo, mientras que Corina se vencía y abría sus temblorosas piernas, en medio quedaba El; ambos jadeaban, los besos regresaban a la boca, bajaban por las mejillas hasta el cuello y volvían a subir al lóbulo de sus orejas, regresaba a los pechos, mientras que con las manos acariciaba por encima de la braga su húmeda entrepierna, los dedos empezaron poco a poco a apartar la prenda y las caricias fueron más atrevidas, el sentía entre sus dedos los sedosos y tupidos vellos de ella, siguió besándole el torso, el vientre, se hinco y le quito la falda, así fue besando los muslos, lamia todo su cuerpo, la pantorrilla, y volvía a subir paseando su boca por todo su cuerpo y al mismo tiempo le iba bajando despacio sus bragitas hasta quitárselas completamente, las guardo en la bolsa de su pantalón; Ella se incorporó siguiendo sentada, y le desabrocho el pantalón, mientras que Horacio enredaba el cabello de Corina entre sus dedos, así ambos quedaron desnudos, ella de frente admirando su virilidad y El perdido en su excitante y sensual cuerpo desnudo… Horacio volvió al ataqué, esta vez no dejo un solo rincón sin que su boca lo recorriera, así suavemente llego nuevamente hasta su boca, quedo en medio de sus piernas, y entre caricias, besos ternura y palabras de amor, se metió suavemente en la virginal intimidad de Corina. ¡Se fundieron! 
Los gritos y gemidos, se ahogaron en el placer, en la lluvia y los truenos.
Corina por fin se convirtió en la mujer del hombre que sorpresivamente le arrebatara la calma. Horacio se entregó en cuerpo y alma a esa jovencita que le había llenado no solo el corazón, sino también su existencia y por completo. 
Llovía fuerte, muy fuerte. 

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