¿Festejar o reflexionar la batalla de Puebla? 


La batalla de Puebla, debe de ser motivo para sentirnos orgullosos de aquellos valientes compatriotas mexicanos, pero sobre todo para reflexionar nuestra actualidad. 
A pesar de tener dentro de nuestra nación a enemigos que apoyaban la invasión francesa (el Partido conservador, equivalente al nefasto PAN de hoy) valientes, aguerridos y orgullosos mexicanos aquel 5 de mayo de 1862, cubrieron de gloria a nuestra patria. 
Aquello fue el brillo más resplandeciente de una soberanía que se defendía con honor. 
Los militares mexicanos no atacaron a sus compatriotas en favor del extranjero a pesar de tener fuerzas políticas adversas que osaban con traicionar a su propia nación. 
Debemos de tener memoria, sin ella, la dignidad son solo ocho letras que no dicen nada. 
En aquel entonces teníamos a Benito Juárez, un presidente patriota y reformador en favor de los mexicanos; sus negociaciones eran para el bien común de nuestra nación. 
¡Cómo cambia el tiempo! 
Ahora, no sólo hay un partido político que gesta desde el corazón de nuestra patria en favor de los extranjeros como hace 154 años; ahora hay todo un sistema político que es parte de la maquinaria imperial que nos arrebata lo que les viene en gana, repartiendo migajas a “nuestros representantes” y estos a su vez dejando muerte y miseria a su paso por los puestos de elección popular, emanados de una falsa democracia. 
Ya no hay aquel glorioso ejército mexicano; ya no hay Generales como Ignacio Zaragoza que vivían con honor, dignidad y patriotismo. Que padecían en carne propia el discurso, no sólo lo pronunciaban, defendiendo así la soberanía de un México orgulloso, un gran país. 
¿En qué momento nos convertimos en despojos retrógradas, decadentes, ignorantes y mediocres? 
Ahora, el ejército se vuelve en contra del pueblo al que debiera defender. 
Aquellas palabras escritas a Napoleón III por parte de quien encabezaba la invasión: el conde de Lorencez, parece que las dijo hoy: 
“Somos tan superiores a los mexicanos en organización, disciplina, raza, moral y refinamiento de sensibilidades, que le ruego anunciarle a Su Majestad Imperial, Napoleón III, que a partir de este momento y al mando de nuestros 6,000 valientes soldados, ya soy dueño de México”
¡Qué lamentable! 

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