Mientras me muero…


Todavía no eran las 9 de la mañana, el clima estaba sobre los 13 grados centígrados, se respiraba una ligera humedad en el ambiente, y se podía sentir el aire acariciar tu rostro. 
Después de traspasar el portón negro, a un costado de la construcción principal, habían dos pisos, subí la escalera de herrería y me condujo a una hermosa puerta de madera, de apariencia muy antigua; esa puerta cuando llegó ahí, ya era puerta desde hace muchos años, y además su origen había sido resguardar otro lugar, lo podía asegurar. 


Al entrar, lo primero que escuche fueron mis pasos sobre la duela de madera, un penetrante olor a libros viejos me recordó lo que una vez me dijo un amigo que decía su señora esposa, que solía oler todos los libros que abría, especialmente los libros viejos: “huele a sabiduría”.  Como guarnición al olor de los libros, el aroma del café, agudizaba más mis sentidos, al fondo vi un escritorio grande, también de madera antigua… madera, libros, café y tabaco, efluvio que presagiaba una intensa charla. 
A un costado, a mano izquierda del escritorio se encontraba una pequeña salita, de apariencia muy acogedora, que después pude constatar.   
Salude a Don José, hombre en los 80’s autor de algunas obras que cautivaron lo mismo a intelectuales, que a personas de razonamiento sencillo. Lo más destacado de este hombre, eran sus trabajos periodísticos. El fortísimo apretón de manos, fue el preámbulo de una sencilla pero profunda plática. 
Yo iba a entrevistarle, pero la plática nos entrevistó a ambos, y hasta me pude dar cuenta de cosas personales que yo mismo ignoraba. 
— Todos están preocupados por no resultar sorprendidos por las preguntas… nadie tiene todas las respuestas, ni datos exactos, ni citas precisas, ni siquiera de lo que has escrito, de pronto no recuerdas todo, puedes tener nociones, pero no somos nadie un ordenador digital, ni una enciclopedia. Lo interesante no es memorizar, lo verdaderamente importante es como procesamos la información, y lo que nos convertimos después del tamiz personal. — 
Tenía razón Don José, lo importante es ¿Qué hacemos con la información que adquirimos? 
— La mayoría usa el conocimiento para lucrar, de tal manera que si no hay remuneración, no hay beneficio de tal conocimiento. Se especula con la información, con la ciencia y con el oficio; si no tenemos cuidado, terminamos ejerciendo el oficio más antiguo del mundo, y que es la prostitución. — 
Entendía perfectamente el mensaje de mi anfitrión. El bien se debe hacer más allá de la recompensa. 
— El conocimiento no es un servicio. Se puede hacer negocio con el servicio, pero nunca con el conocimiento, y menos cuando quien requiere del conocimiento está en una situación delicada. — 
Recordé que siempre que visitaba algún escritor, tenía cientos de libros, como era el caso de Don José, que tenía las cuatro paredes repletas de libros. 
— ¿Tu crees que les pagamos a los escritores todo lo que sus letras nos dicen? Cuando compras un libro pagas en una sola exhibición, algo que podrás utilizar siempre, cada que quieras… en ese libro, también va impresa una parte de la vida del escritor, y eso no tiene precio, eso es un regalo. — 
Entendí que los escritores al final de su vida, reciben el pago justo, porque trascienden a través de sus obras, y la parte de su vida que dejaron en los libros, los suspende en la inmortalidad. 
Don José, adivino mi pensamiento. 
— Las grandes obras, y los grandes legados artísticos, científicos y culturales, mantendrán con vida a sus autores, hasta que desaparezca por completo su trabajo. Y morirán porque entonces han cumplido, ya nadie los necesita. Es mentira lo del promedio de vida, la realidad es que es incalculable. Sólo mueren los mediocres. — 
Reflexionaba: Todos queremos ser inmortales, pero no todos nos atrevemos a trascender por miedo al ridículo; entonces la muerte para muchos, se convierte en una esperanza, y viven así: mientras me muero.